¿Sobre qué voy a escribir hoy?
Aún no lo sé. Voy a dejar que mis dedos pulsen las teclas mientras la máquina pensante se pone a funcionar.
Hoy es sábado, último sábado de julio, y el cielo está nublado. En el transcurso de la mañana se despejará, porque las nubes son ligeras.
La semana ha sido una más, salvo alguna escapadita de reflexión, todo ha consistido en trabajo, preocupaciones y algún que otro desengaño.
Hace algún tiempo, durante un proceso personal, la persona encargada de guiarme me dijo que imaginase un punto de apoyo por si surgía algún problema y yo contesté que mi punto de apoyo era mi pareja. Recordaré siempre su consejo: -busca un lugar donde te sientas seguro, donde te sientas bien: las personas fallan, los lugares no.
Crees que conoces a alguien y, un día, ocurrirá que serás decepcionado. Es inevitable, porque las personas cambiamos, tenemos mil historias que inclinan nuestra frágil balanza hacia uno u otro lado y, en algún momento, aunque no queramos, fallaremos a la persona que confía en nosotros.
Si conoces tus errores, sabrás que otros los cometerán también. Igual no de la misma forma, pero los resultados son previsibles: nos sentiremos decepcionados y la confianza ya no será la misma.
Esta semana he tenido algún desengaño, pero curiosamente empiezo a comprender el porqué de los comportamientos, empiezo a respetar los motivos de cada cual, pero a pesar de mi recién adquirida capacidad de comprensión, no entenderé la falta de educación, de humildad y la insistencia que algunas personas dominadas por sus Egos mantienen a la hora de persistir en sus errores, errores que perjudican a sus semejantes.
¿Qué problema hay en reconocer que uno se ha equivocado y pedir perdón?
Para algunos es una muestra de su propia debilidad, una debilidad que no están dispuestos a reconocer y menos mostrar, aunque de ello dependa la perdida de un ser querido.
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