"No hay nadie menos afortunado que el hombre a quien la adversidad olvida, pues no tiene oportunidad de ponerse a prueba".
Esta frase es del gran Séneca y su significado es evidente, no necesita explicación.
La adversidad es una de las herramientas que la vida nos ofrece para que forjemos nuestro interior, para que pulamos nuestras debilidades a la hora de afrontar los retos y las dificultades que se nos plantean diariamente en el discurrir de nuestra vida.
Pensar sobre el sentido de la vida no tiene sentido, porque la vida es ir viviendo, ir experimentando e ir modificando sobre los errores cometidos.
No somos conscientes, salvo que queramos, hasta cierto momento de nuestro desarrollo, del gran camino que recorremos y de los enormes avances que vamos logrando.
No vemos los acontecimientos que nos ocurren de la misma forma a los catorce años que a los treinta que a los cincuenta. Cambiamos interiormente y sólo somos conscientes de ese cambio cuando nos detenemos y hacemos un balance detallado de ciertos aspectos de nuestra personalidad.
Tampoco somos conscientes de que para avanzar en nuestro desarrollo, esto ya en el plano más humano, como personas con unos objetivos y un proyecto de vida, hay que hacer un balance de las vivencias y los errores cometidos en el aprendizaje que nuestras decisiones han creado.
Hemos de ser conscientes de que para seguir aprendiendo y para seguir creciendo, hace falta dejar las cargas del pasado, aceptar los errores y extraer el aprendizaje que hemos conseguido con ellos, dejar atrás a personas que nos dificultan el camino o que nos lo impiden y no volver la vista atrás.
Sólo se puede crecer en dos sentidos y en una dirección: hacia dentro, hacia fuera y hacia arriba.
Volviendo a la frase de Séneca sobre lo afortunado que es aquel que ha experimentado la adversidad: al final uno llega a la conclusión, tras experimentar, de que aveces " lo duro ablanda y lo blando endurece".

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