Hace tan sólo unos días, el lunes de Pascua, una mujer entrañable, luchadora, fuerte, polifacética, generosa sin medida y, a pesar de la retahíla de obstáculos que una vida dura y larga puso en su camino, con un corazón rebosante de amor, un corazón tan hermoso que uno no podía quedarse a su lado sintiendo indiferencia.
Nos conocimos por una de esas causalidades, porque en las casualidades no creo, y en ese corto espacio de tiempo que la vida nos concedió, pude experimentar, sentir y vivir algo que no conocía, algo que tu me entregaste y que jamás se borrará de mí alma.
Lo tuyo, yaya, fue Amor del bueno: sano, puro, generoso, totalmente entregado, simplemente porque tu eras así amando.
Sabías mirarme más allá de los ojos, sabías ver mis intentos de ocultarte preocupaciones. Sabías escuchar los silencios. Los dos conocíamos aquellos momentos en los que se decía todo sin decir nada.
Mirarte era una entrada directa a tu corazón, lo entregabas todo. Te gustaba el contacto cercano, el tacto, la piel que tanto dice, por eso me gustaba tanto que me cogieses las manos.
Hasta tu sordera, esa que te fastidiaba cuando querías curiosear, tenía su encanto. Había que acercarse a ti para repetirte las cosas despacio, con cariño, con ternura, con amor.
Hoy, yaya, especialmente hoy, no te voy a contar lo que tu ya sabes; hoy te echo de menos aunque te sienta muy cerca, en lo más profundo de este desastre que habito. Hoy una tras otra han salido, intensas y con sabor al recuerdo de nuestra corta, pero como nos gustaba decir a los dos, "intensa historia".
Los dos sabíamos que para amarse no existe edad, no existe tiempo, no existe medida; uno se ama y ya está. Eso hicimos.
Desde que te fuiste ando un poco perdido, y no por "mariposear" con la imaginación, así te gustaba decir; ¿recuerdas?. Esta vez ando perdido porque mi corazón te echa de menos y, sobre todo, porque no encontré el momento para despedirme de ti.
No te pude coger las manos, no te pude mirar a los ojos, no te pude dar uno de esos besos que tanto te gustaban; sin preguntar y por sorpresa.
Yaya: me hiciste el mayor de los regalos; amar como se ama a la propia sangre. Sembraste la semilla mas hermosa y ahí crece, en mi corazón, al amparo de tu recuerdo.
Los dos sabemos lo mucho que te gustaban las cartas; más leerlas que escribirlas, pues esta es la expresión de un sentimiento que tu has creado en mí, el más grande, el más puro, el más duradero.
Sé que nos volveremos a ver y, como tu también sabes, el tiempo es un instante en medio de dos besos.
Con todo mi amor para ti.
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