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martes, 21 de marzo de 2017
ADOLESCENTES
La adolescencia es, como a buen seguro no recordamos la mayoría de los adultos, esa etapa de la vida en la que uno sabe muy bien lo que siente, pero no tiene ni idea de lo que quiere.
Las hormonas hacen de las suyas y nublan las decisiones; lo que quiero ahora en diez minutos puede que no me interese.
Los ves dormir y, si no los sacas de la cama, son capaces de tirarse una semana en plan marmota. Comen como si se acabase el mundo y su "montaña rusa" interna desconcierta al más templado.
Las muestras de autoridad son una agresión directa a su personalidad en formación y las discusiones se transforman, a poco que uno ponga de su parte con el estribillo de "por tu bien", en un conflicto de proporciones escandalosas.
A veces parece que disfrutan llevando la contraria y basta que tu digas "só" para que ellos digan "arre".
En mi época de adolescente, hace algunos años, la cosa era más "silvestre"; no había móviles, había que salir en pandilla y los padres nos obligaban a gastar energía, trabajar, para conseguir una mini paga con la que administrar nuestras aficiones.
Hace unos días un amigo decidió quitarle el móvil a su hijo adolescente y casi tiene que llamar a la policía. Un mes después del incidente y muchas caminatas por el campo con el mozo, han conseguido que se olvide de internet y esté más centrado, lo cual induce a pensar que el torrente energético de los adolescentes es mejor canalizarlo adecuadamente.
En este disparate de sociedad a velocidad de Boing 737, descuidamos mucho a los futuros herederos.
Parece que lo más importante somos cada uno con su profesión, con sus aficiones, con su espacio, con su estrés, etc.
Si decidimos tener hijos, decidimos ocuparnos de su educación, estar pendientes de su desarrollo y apoyarlos, entenderlos y cansarlos cuando su energía les desborde. Todo esto lleva su tiempo y hay que tener claras las prioridades.
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