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martes, 6 de diciembre de 2016
"EL PUNTO SIN RETORNO"
María y Carlos llevaban doce años de relación cuando cierto día un tal Lucas llegó a sus vidas para ponerlo todo patas arriba.
De manual anticuado y sin revisión iba consistiendo la relación. Una vez que pasó el enamoramientos inicial, todo fue camino de la monotonía, las costumbres y el aburrimiento.
María se consideraba una romántica empedernida y se enamoró perdidamente de Carlos a pesar de las dificultades que suponía una relación a distancia con una persona poco dada a mostrar sus sentimientos.
Carlos era muy reservado, su mundo interior era todo un misterio para ella a pesar de los continuos esfuerzos que hacía para penetrar en el complicado universo interior de él.
Poco dado a las muestras afectivas, María se preguntaba, a medida que pasaban los años, qué era lo que Carlos sentía realmente por ella.
Él decía que por ella lo había dejado todo: familia, amigos, ciudad, su "impreciso futuro", aunque según él prometedor... eso a María, en un momento dado, comenzó a sonarle "raro", pero no le dio más importancia.
Cuando las relaciones son "jóvenes" no se tiende tanto al análisis, más bien todo se explica gracias a esa palabra mágica que llamamos amor.
A medida que el tiempo transcurría y la química del enamoramiento amainaba, los detalles comenzaban a adquirir importancia y con ellos los diálogos se tornaron discusiones, las discusiones reproches, los reproches conflictos y los conflictos culpas y más culpas de dos Egos enfrentados en una encarnizada lucha por argumentar sinrazones.
María no entendía lo que estaba ocurriendo y Carlos tampoco, pero ninguno de los dos tenía la suficiente madurez como para dejar sus intereses a un lado y dialogar como adultos libres de "basura" interior.
Los dos continuaban en una relación sin definir, transformada en una batalla agotadora y, cada vez más frecuentes, momentos de calma tensa.
Tanto María como Carlos eran conscientes, cada cual a su manera, de que lo que estaban viviendo no era lo que esperaban, pero ninguno de los dos quería o sabía o podía ver la forma de arreglar el previsible desastre que se avecinaba.
Cierto día María conoció a Lucas y ese día todo cambió.
Lucas era muy diferente a Carlos, aunque en algunos aspectos se parecían y María, sin saber muy bien que le estaba pasando, comenzó a pensar en Lucas más de lo que se suele pensar en personas que se acaban de conocer.
María no se daba cuenta de lo que estaba comenzando a surgir en su mundo interior, pero se descubría frecuentemente pensando en Lucas con una sonrisa en los labios y una sensación agradable en el estómago cada vez que pensaba en él.
Pasó mucho tiempo desde que María y Lucas se conocieron hasta que volvieron a encontrarse.
Lucas era abogado y María tenía un asunto legal que resolver, así que ella contactó con él y volvieron a verse.
El día que María volvió a ver a Lucas, regresó a casa tan extrañamente llena que, en vez de reunión de trabajo, parecía haber salido de una sesión de atención plena.
Mientras María comenzaba a redescubrir su universo emocional más puro y vivo, Carlos seguía a lo suyo y Lucas, en el más absoluto desconocimiento de lo que estaba despertando en María, seguía tranquilamente viviendo la vida a través de su maravillosa naturalidad e inocencia.
Transcurrió algún tiempo y un día María cometió un error que remató su maltrecha relación.
Esas coincidencias que se dan de vez en cuando hicieron que Carlos descubriese una mentira en María y, como María nunca le había mentido en nada, Carlos dedujo que María ocultaba mucho más de lo que decía.
Hasta ese momento los conflictos en la relación habían sido una menudencia comparado con lo que se avecinaba y ambos, armados hasta los dientes de reproches, entraron hasta el fondo en un terreno tan peligroso como impredecible y así un día, María incapaz de hablar, incapaz de llorar, incapaz de emocionarse, se sumió en la tristeza, en la desesperación, en el oscuro mundo de la soledad junto a una persona que estaba con ella, pero viviendo su propio infierno.
María y Carlos seguían juntos contraviniendo todos los manuales de salud emocional, instalados en una relación muerta y viendo, a través del "cadáver" que representaba, sus propios "difuntos" internos.
María no sabía que había pasado con Lucas; cuando reflexionaba acerca de lo que sentía por él no era capaz de concretar el misterio que suponía sentir lo que sentía. No había forma de explicarse algo tan irracional y a la vez real que estaba poniendo patas arriba su mundo emocional. Carlos pensaba, y aunque ella tuvo sus dudas amplificadas por los celos de él, que María se había enamorado de Lucas, pero lo que ella sentía, aunque tenía algún parecido con el enamoramiento, era otra cosa mucho más profunda e importante.
Después de algún tiempo reflexionando, abriendo la puerta de esa parte suya que no quería ver, descubrió que Lucas había desencadenado, sin saberlo, la estrepitosa caída de una vida falsamente edificada sobre creencias, miedos, inseguridades y múltiples carencias.
Para María, Lucas representaba muchas cosas a pesar de no ser más que un amigo. Por eso y a pesar del sufrimiento, del dolor, a pesar del duro momento que supone tener que enfrentarse con uno mismo, María sabía que Lucas, sin ser consciente, la había colocado en un punto de no retorno. Su transformación había comenzado.
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