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viernes, 2 de diciembre de 2016

DE LA SENSIBILIDAD A LA REALIDAD





Juan nació sensible. Podía haber nacido prematuro, tardío, rubio, moreno, con cuatro quilos, con dos quilos... pero nació muy sensible.
-Esas cosas se ven; decía su madre cada vez que le acariciaba y aunque nunca habló de su mayor preocupación, sabía que su pequeño tenía "puntos adicionales" para llevarse el amargo premio del dolor.
El pequeño Juan bien pronto comenzó a mostrar su peculiar forma de entender el mundo y cuando cumplió los tres años se plantó, a llanto pelado, entre su madre y la gallina que tenía como destino la dieta familiar.
Las pequeñas batallas de Juan en defensa de los animales domésticos tuvieron sus consecuencias y cierto día que su padre, cuchillo en mano, pretendía rebanar el pescuezo a un cordero, el niño ni corto ni perezoso se abrazó al pobre animal provocando uno de los momentos más duros y dramáticos en la corta vida del pequeño. El padre, harto de la vocación temprana de su hijo y con la firme creencia de que un hombre de bien debía de ser educado con dureza, procedió sin miramientos a quitarle la vocación sin contemplaciones. Agarró al pequeño soltándole un par de sopapos para proceder, sin ningún tipo de precauciones, a sacrificar al cordero delante del niño.
Esa fue la primera vez que Juan sintió un dolor tan grande, ni siquiera las anginas dolían tanto y eso que dolían... Esa fue la primera vez que Juan comenzó a experimentar en su interior cosas que nunca antes había sentido y al dolor se le sumó el miedo, la angustia, la soledad... Ese día el pequeño Juan comenzó a mirar a la vida con unos ojos que no sabía que tenía.
Años después, cuando la vida ya había hecho a base de lecciones un duro trabajo de enseñanza en Juan, él aún sentía ese desgarro profundo de aquel primer despertar de la sensibilidad a la realidad. 


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