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viernes, 30 de diciembre de 2016

EN LOS BRAZOS DEL OLVIDO




                                            Donde habita el olvido



Cuando se despertó,
no recordaba nada
de la noche anterior.
Demasiadas cervezas,
dijo, al ver mi cabeza,
al lado de la suya, en la almohada...
Y la besé otra vez,
pero ya no era ayer,
sino mañana.
Y un insolente sol,
como un ladrón, entró
por la ventana.
El día que llegó
tenía ojeras malvas
y barro en el tacón.
Desnudos, pero extraños,
nos vio, roto el engaño
de la noche, la cruda luz del alba.
Era la hora de huir
y se fue, sin decir:
llámame un día.
Desde el balcón, la vi
perderse en el trajín
de la gran vía.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido.
Una vez me contó
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.
La pupila archivó
un semáforo rojo,
una mochila, un peugeot
y aquellos ojos
miopes.
Y la sangre al galope
por mis venas
y una nube de arena
dentro del corazón.
Y esta racha de amor
sin apetito.
Los besos que perdí,
por no saber decir:
te necesito.
Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no
tienen mucho sentido.
Una vez me contó,
un amigo común, que la vio
donde habita el olvido.

Joaquín Sabina



Con permiso del Gran Poeta, hoy  tomo prestadas estas líneas porque no encuentro las mías y lo hago para preguntarme: ¿sembrar distancia es cosechar olvido?
Pregunta que dejo en el aire para que los vientos del próximo año inspiren el raciocinio que, por este, ya no da más de sí.

domingo, 18 de diciembre de 2016

SERÁ LO QUE TENGA QUE SER



https://m.youtube.com/watch?v=W4Ykuft5VfQ


Un amigo mío cuando tenía seis años se tomó un tubo entero de pastillas pensando que eran caramelos, estuvo varios días en coma y años después me contó su experiencia.
Lo primero que preguntó cuando se despertó fue: ¿dónde está la chica?
Su madre pensaba que preguntaba por alguna enfermera, pero ninguna de las enfermeras que le habían cuidado durante el coma era la que él había visto.

Cierto día, veinte años más tarde, en una de nuestras conversaciones surgió el tema de las experiencias cercanas a la muerte y él me contó la suya.
Teniendo en cuenta el tiempo que había transcurrido y los posibles reajustes del cerebro, su relato se centraba en un espacio luminoso  lleno de calma y donde, en todo momento, estuvo acompañado por una mujer joven que le cogía de la mano y con la que se sentía seguro y tranquilo.
Esa experiencia le había marcado durante toda su vida y para él la vida se había convertido en algo pasajero; un tiempo en un lugar y un estado para pasar a otro estado y otro y otro...
Cuando yo tengo todas esas preocupaciones de la vida cotidiana que no me dejan dormir, suelo llamarle  para que me recuerde lo efímero de nuestra estancia aquí, la brevedad del tiempo que nos es dado y lo importante que es la aceptación de uno mismo y sus circunstancias.
Precisamente hoy he recordado a mi buen amigo porque en unas horas estaré en quirófano y, aunque no me da miedo la muerte, me preocupa el dolor y el sufrimiento, me preocupa la falta de control sobre mi vida. Un falso control que a todos nos parece tener y que nos aporta una cierta seguridad, pero que es tan falsa como todo lo material que almacenamos y que no sirve para nada.
En esta vida uno se rodea de gente, de infinidad de cosas materiales, de posesiones, se cuelga medallas por los conocimientos, los éxitos profesionales, las capacidades y una retahíla considerablemente inútil, pero olvida aquello que de verdad es o ha sido importante en su existencia: el amor a su familia, a sus verdaderos amigos, a las mujeres u hombres que han pasado por su vida, a las experiencias sencillas, a los momentos en compañía o en soledad, esos momentos que a uno le hacen darse cuenta de que más allá de esta MIERDA material, así con mayúsculas, hay algo mucho más profundo.
En estos momentos, cuando uno está consigo mismo, lo más importante es el recuerdo de esas experiencias que a uno le han llenado de plenitud: lo que has sentido al contacto con una mano, el primer beso, una mirada, lágrimas de felicidad, comunicación sincera, comunión con otra persona y los pequeños tesoros que la vida nos da para compensarnos por lo que no tenemos: el amor incondicional de nuestras queridas mascotas.







viernes, 16 de diciembre de 2016

"SER"



Poco le queda a este 2016 que se ha pasado tan rápido o más que los anteriores.
Supongo que serán los años porque a medida que uno envejece el tiempo va escurriéndose como el agua entre los dedos.
Hoy me ha dado por pensar, como dice la canción de Fangoria, y mirar todo lo bueno, que no es poco, de este 2016.
Acostumbrados como estamos a sobrellevar la vida como una pesada carga, inadaptados a un mundo cada vez más rápidamente cambiante y sin mirar ni a nadie ni a nada más que a nuestros propios y cada vez más crecidos Egos trepadores y trepanadores de todo lo que se interponga en nuestro camino al precipicio.
Pues hay vida más allá de tanta mierda envuelta en papel de regalo disfrazado de futuro progresista.
No hace mucho contemplaba una puesta de sol a  orillas del mar en pleno mes de un diciembre atípicamente cálido y me sorprendí hablando sólo, preguntándome si ese momento no es lo más hermoso que puede acontecerte en un día o incluso en todo un año. Momentos así en el transcurso de la vida hay para dar y recibir, en compañía o solo y, curiosamente, nos pasamos la vida deseando ser lo más, tener lo más, llegar a lo más... y todas esas pequeñas cositas pasando desapercibidas.
Otro de mis momentos plenos durante este año es cuando me levanto y mi pequeño tesorín me da los buenos días. Los que somos de campo y nos hemos criado rodeados de animales sabemos lo que es la inteligencia emocional de los animales; mucho no, muchísimo más desarrollada que la nuestra. Así que levantarse y ser recibido con ronroneo, mimos y lametones, es algo que no tiene comparación. Tampoco tiene comparación saber que para mi gata yo soy lo más importante; no importa como yo sea, no importa lo que piense, ella sólo quiere comida, juego y mimos. Eso si es amor del bueno.
Este año he vuelto a darme cuenta de la existencia de un amor universal que es tabla de salvación para algunos y estoy agradecido por sentirme merecedor de tal regalo.
Podría estar recordando mucho más y de paso sintiendo esa "sonrisa" en el estómago al hacerlo y eso sería otro momento hermoso, sencillo de experimentar y que casi siempre  pasa desapercibido por no ser consciente de lo que uno siente al vivir.
Una amiga dice que su forma de meditar es vivir en la atención plena y tiene toda la razón. Ser conscientes del aquí y ahora, ser conscientes del tacto, del sabor, del olor, en definitiva; ser conscientes de la vida a través de los sentidos, percibir cada experiencia en el momento mismo y darse cuenta de que sólo existe ese momento. La sensación del momento sentido es lo que da, valga la redundancia, sentido a nuestra existencia.
Experimentar el momento es también comenzar a vivir desde la aceptación. Cada acontecimiento forma parte del guión y no tiene porque ser bueno o malo, somos nosotros los que juzgamos y por tanto no podemos ser objetivos con esos acontecimientos en nuestras vidas.
Incluso es necesario cometer errores, son ellos los que perfeccionan nuestro desarrollo.









martes, 6 de diciembre de 2016

"EL PUNTO SIN RETORNO"




María y Carlos llevaban doce años de relación cuando cierto día un tal Lucas llegó a sus vidas para ponerlo todo patas arriba.
De manual anticuado y sin revisión iba consistiendo la relación. Una vez que pasó el enamoramientos inicial, todo fue camino de la monotonía, las costumbres y el aburrimiento.
María se consideraba una romántica empedernida y se enamoró perdidamente de Carlos a pesar de las dificultades que suponía una relación a distancia con una persona poco dada a mostrar sus sentimientos.
Carlos era muy reservado, su mundo interior era todo un misterio para ella a pesar de los continuos esfuerzos que hacía para penetrar en el complicado universo interior de él.
Poco dado a las muestras afectivas, María se preguntaba, a medida que pasaban los años, qué era lo que Carlos sentía realmente por ella.
Él decía que por ella lo había dejado todo:  familia, amigos, ciudad,  su "impreciso futuro", aunque según él prometedor... eso a María, en un momento dado, comenzó a sonarle "raro", pero no le dio más importancia.
Cuando las relaciones son "jóvenes" no se tiende tanto al análisis, más bien todo se explica gracias a esa palabra mágica que llamamos amor.
A medida que el tiempo transcurría y la química del enamoramiento amainaba, los detalles comenzaban a adquirir importancia y con ellos los diálogos se tornaron discusiones, las discusiones reproches, los reproches  conflictos y los conflictos culpas y más culpas de dos Egos enfrentados en una encarnizada lucha por argumentar sinrazones.
María no entendía lo que estaba ocurriendo y Carlos tampoco, pero ninguno de los dos tenía la suficiente madurez como para dejar sus intereses a un lado y dialogar como adultos libres de "basura" interior.
Los dos continuaban en una relación sin definir, transformada en una batalla agotadora y, cada vez más frecuentes, momentos de calma tensa.
Tanto María como Carlos eran conscientes, cada cual a su manera, de que lo que estaban viviendo no era lo que esperaban, pero ninguno de los dos quería o sabía o podía ver la forma de arreglar el previsible desastre que se avecinaba.
Cierto día María conoció a Lucas y ese día todo cambió.
Lucas era muy diferente a Carlos, aunque en algunos aspectos se parecían y María, sin saber muy bien que le estaba pasando, comenzó a pensar en Lucas más de lo que se suele pensar en personas que se acaban de conocer.
María no se daba cuenta de lo que estaba comenzando a surgir en su mundo interior, pero se descubría frecuentemente pensando en Lucas con una sonrisa en los labios y una sensación agradable en el estómago cada vez que pensaba en él.
Pasó mucho tiempo desde que María y Lucas se conocieron hasta que volvieron a encontrarse.
Lucas era abogado y María tenía un asunto legal que resolver, así que ella contactó con él y volvieron a verse.
El día que María volvió a ver a Lucas, regresó a casa tan extrañamente llena que, en vez de reunión de trabajo, parecía haber salido de una sesión de atención plena.
Mientras María comenzaba a redescubrir su universo emocional más puro y vivo, Carlos seguía a lo suyo y Lucas, en el más absoluto desconocimiento de lo que estaba despertando en María, seguía tranquilamente viviendo la vida a través de su maravillosa naturalidad e inocencia.
Transcurrió algún tiempo y un día María cometió un error que remató su maltrecha relación.
Esas coincidencias que se dan de vez en cuando hicieron que Carlos descubriese una mentira en María y, como María nunca le había mentido en nada, Carlos dedujo que María ocultaba mucho más de lo que decía.
Hasta ese momento los conflictos en la relación habían sido una menudencia comparado con lo que se avecinaba y ambos, armados hasta los dientes de reproches, entraron hasta el fondo en un terreno tan peligroso como  impredecible y así un día, María incapaz de hablar, incapaz de llorar, incapaz de emocionarse, se sumió en la tristeza, en la desesperación, en el oscuro mundo de la soledad junto a una persona que estaba con ella, pero viviendo su propio infierno.
María y Carlos seguían juntos contraviniendo todos los manuales de salud emocional, instalados en una relación muerta y viendo, a través del "cadáver" que representaba, sus propios "difuntos" internos.
María no sabía que había pasado con Lucas; cuando reflexionaba acerca de lo que sentía por él no era capaz de concretar el misterio que suponía sentir lo que sentía. No había forma de explicarse algo tan irracional y a la vez real que estaba poniendo  patas arriba su mundo emocional.  Carlos pensaba, y aunque ella tuvo sus dudas amplificadas por los celos de él, que María se había enamorado de Lucas, pero lo que ella sentía, aunque tenía algún parecido con el enamoramiento, era otra cosa mucho más profunda e importante. 
Después de algún tiempo reflexionando, abriendo la puerta de esa parte suya que no quería ver, descubrió que Lucas había desencadenado, sin saberlo,  la estrepitosa caída de una vida falsamente edificada sobre creencias, miedos, inseguridades y múltiples carencias. 
Para María, Lucas representaba muchas cosas a pesar de no ser más que un amigo. Por eso y a pesar del sufrimiento, del dolor, a pesar del duro momento que supone tener que enfrentarse con uno mismo, María sabía que Lucas, sin ser consciente, la había  colocado en un punto de no retorno. Su transformación había comenzado.






viernes, 2 de diciembre de 2016

DE LA SENSIBILIDAD A LA REALIDAD





Juan nació sensible. Podía haber nacido prematuro, tardío, rubio, moreno, con cuatro quilos, con dos quilos... pero nació muy sensible.
-Esas cosas se ven; decía su madre cada vez que le acariciaba y aunque nunca habló de su mayor preocupación, sabía que su pequeño tenía "puntos adicionales" para llevarse el amargo premio del dolor.
El pequeño Juan bien pronto comenzó a mostrar su peculiar forma de entender el mundo y cuando cumplió los tres años se plantó, a llanto pelado, entre su madre y la gallina que tenía como destino la dieta familiar.
Las pequeñas batallas de Juan en defensa de los animales domésticos tuvieron sus consecuencias y cierto día que su padre, cuchillo en mano, pretendía rebanar el pescuezo a un cordero, el niño ni corto ni perezoso se abrazó al pobre animal provocando uno de los momentos más duros y dramáticos en la corta vida del pequeño. El padre, harto de la vocación temprana de su hijo y con la firme creencia de que un hombre de bien debía de ser educado con dureza, procedió sin miramientos a quitarle la vocación sin contemplaciones. Agarró al pequeño soltándole un par de sopapos para proceder, sin ningún tipo de precauciones, a sacrificar al cordero delante del niño.
Esa fue la primera vez que Juan sintió un dolor tan grande, ni siquiera las anginas dolían tanto y eso que dolían... Esa fue la primera vez que Juan comenzó a experimentar en su interior cosas que nunca antes había sentido y al dolor se le sumó el miedo, la angustia, la soledad... Ese día el pequeño Juan comenzó a mirar a la vida con unos ojos que no sabía que tenía.
Años después, cuando la vida ya había hecho a base de lecciones un duro trabajo de enseñanza en Juan, él aún sentía ese desgarro profundo de aquel primer despertar de la sensibilidad a la realidad.