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sábado, 11 de junio de 2016

SI NO CAMINAS PUEDE QUE CORRAS





En algún momento de la vida a todos nos da por pensar en la muerte, bien sea porque surge o como consecuencia de algo que nos lleva a ser conscientes de que tenemos fecha de caducidad.
Vivimos despreocupadamente como si la vida fuese eterna, pero tenemos un cuerpo que se deteriora con el paso de los años, las defensas se debilitan y los achaques dan paso a enfermedades y las enfermedades, en algunas ocasiones, ponen punto final a la duración del cuerpo.
La sensación de vivir, como la sensación del tiempo, viene determinada por la edad y la intensidad. Cuando somos jóvenes el tiempo no pasa, los días son largos y uno se aburre porque la hora no llega. Cuando somos mayores el tiempo parece evaporarse; da la sensación de que se acelera y los años parecen días.
Nuestra percepción del tiempo cambia porque nuestro cerebro aprende, crece, evoluciona, se marchita y también se va apagando lentamente.
La intensidad de la vida digamos que es aquello que la dota de interés y el interés se genera por muchos factores tanto internos como externos; educación, entorno de crianza, círculos cercanos, afectividad, capacidades propias y adquiridas, equilibrio interno, salud...
Las personas somos un complejo universo tanto de mente para fuera como de mente para adentro.
La relación que existe entre el cuerpo y las emociones es indiscutible, por eso cada vez se da más importancia al equilibrio emocional como una de las formas más eficaces de mantener un cuerpo físico sano.
Todos hemos experimentado alguna vez reacciones ante situaciones estresantes; falta de apetito, dolor de cabeza, contracturas en diferentes partes del cuerpo, etc  Desaparece el generador de estrés, desaparecen los síntomas. 
Por desgracia el control del estrés generado como consecuencia de factores externos es difícil de controlar. Por ejemplo; una situación de crisis económica que genera el cierre y la descapitalización de un país, incrementando así el paro en la población, es un factor que nos va generar estrés queramos o no. Podemos minimizarlo centrándonos en lo positivo que rodea nuestras vidas y buscando alternativas a la cantidad de estímulos negativos que nos llegan de todas partes. No olvidemos que en última instancia somos dueños y tenemos la posibilidad de elegir qué escuchamos, con quién estamos, qué vemos, qué creemos, etc
Existe también el estrés que nosotros mismos nos generamos como consecuencia, principalmente, de la incapacidad para resolver, para tomar decisiones y abrir o cerrar etapas que sabemos que hay que resolver, pero que por miles de "peros" adicionales, postergamos de un día para otro por si la vida nos da el tema resuelto.
El  estrés generado por incapacidad es como el pez que se muerde la cola; no actúas porque te sientes incapaz, eso te genera mucho estrés y ese estrés te incapacita para actuar.
Existen síntomas físicos indicativos del grado de estrés que podemos estar aguantando; el grado más leve son las pequeñas molestias cotidianas que van y vienen dependiendo del día. 
Un grado moderado es aquel que te lleva al botiquín para dolores más concretos, pero de origen desconocido; nada físico los provoca.
El grado más grave de estrés es aquel que te arrastra al médico y que requiere medicación para no se sabe qué, casi nunca hay causa evidente.
El grado más pernicioso, el grado mortal, es el estrés crónico; ese que te incapacita físicamente y que puede desembocar literalmente en una enfermedad real o en el tan temido cáncer.
El día que te diagnostican algo serio, comienzas a ser consciente de la brevedad de la vida y del desperdicio que supone no haberla aprovechado para, sobre todo y por encima de todo, ser y hacer felices a los que amas.
Muchos nos pasamos la vida soñando, como en la canción de Sabina "La del Pirata Cojo"
https://www.youtube.com/watch?v=0LKd_fw1h2k&list=RD0LKd_fw1h2k#t=73
nos pasamos la vida inventando mil historias, amando de formas sublimes amores irreales, vistiendo de perfección almas imperfectas, creando mundos de Alicia para las tierras de Mordor, tocando baladas a la luz de unos ojos lejanos y rogándole al viento que le entregue a tu amada las caricias que imaginas, en vez de dárselas en personalmente.
La vida no admite demoras y tiene su ritmo, su tiempo. Lo material perece y las dificultades son cadenas que un cerebro carcelero crea.
A veces la hostia más potente y sanadora para la incapacidad y el desperdiciador de vidas es una sentencia con un tiempo concreto: ¡muévete que se te escapa!


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