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martes, 29 de marzo de 2016
BAJO UNA TORMENTA DE AGOSTO
Aquella tarde la quietud se ausentó y el vacío que dejó fue ocupado por las brumas de la melancolía que, poco a poco, se tornaron en una confusión caótica.
Cada vez que perdía el rumbo de las emociones, solía acudir al consuelo y la calma que la dehesa le aportaba en aquellas tierras de Soria.
De forma automática se subió al coche y condujo rumbo a lo conocido, al hogar en medio del campo, en busca de la paz que la naturaleza aportaba al torrente descontrolado de sus emociones.
Aparcó al lado del camino, allí donde tantas veces antes lo había hecho y, sin más preparación que lo puesto, comenzó a caminar con los pies en el suelo y el espíritu en otro lugar menos calmado.
Las horas transcurrían paso a paso en aquella tarde de agosto en medio de la dehesa apenas poblada de pequeños robles dispersos y algunos pinos lejanos. Fue entonces, entre pensamiento y sentimiento, cuando percibió un sonido lejano y, al levantar la vista del suelo, se hizo consciente ante sus ojos la gama de tonos grises en aquel cielo antes despejado.
Una tormenta de cariz y contenido incierto se aproximaba sin prisa pero sin pausa a la zona que ocupaba su pequeño cuerpo en medio de aquel paraje tan, ahora sí, desprotegido.
Cada vez con más fuerza los truenos de la tormenta natural dispersaban los restos de la "tormenta" interior y allí, bajo un cielo encapotado de color amenazante, se dio realmente cuenta de su desprotección ante lo que se avecinaba.
"Ramas" de luz acompañadas de truenos comenzaban a surgir bajo aquel manto de nubes y entonces todas las "tormentas" emocionales dejaron de tener importancia.
No había refugio, sólo el cuerpo y el alma a merced de la naturaleza. En ese momento nada era más importante que el miedo a un rayo, era cuestión de azar que uno pusiese fin a su vida. Sabía perfectamente que no servía de nada correr, que no había sitio donde protegerse. En medio de la nada sólo era un cuerpo sometido a los fenómenos naturales.
Lo único que podía hacer en aquel momento era contemplar y "disfrutar" algo que le provocaba tanto miedo y aceptar que ese podía ser su último momento.
Se sentó en el suelo, abrió aquel lugar en el centro de su pecho que tantos quebraderos de cabeza le ocasionaba y aceptó lo que tuviese que pasar en aquella hora, en aquel lugar y la paz que pudo experimentar fue lo más grande que había sentido nunca.
La tormenta descargó un tremendo aguacero sobre todo su cuerpo. Por momentos arreciaba y en otros momentos disminuía, así durante un tiempo impreciso hasta que se fue calmando progresivamente.
Calado hasta los huesos y limpio por dentro y por fuera se levantó, abrió los brazos, miró al sol que volvía a brillar y sintió que en ese preciso momento, en ese preciso lugar... la muerte le había dado la mano y todas las historias que la mente tejía para entretener, preocupar y enredar a las emociones, dejaban de tener importancia.
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