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lunes, 4 de enero de 2016

UNA NOCHE EN NUESTRO CORAZÓN DE NIÑO





Recuerdo con nostalgia la esperanza y el deseo que ponía mi corazón en la llegada de la noche de reyes. A diferencia de la época actual, apenas treinta y tantos años atrás las cosas eran un poco diferentes; a los niños , los que tenían la suerte de tener reyes, solamente  les traían un regalo y con eso a jugar todo el año.
Había niños que, como yo, esperábamos la noche de reyes para ver si conseguíamos sorprender a esos personajes mágicos y pedirles un pequeño deseo.
Esa mágica noche había que irse a la cama antes de lo habitual y uno dormía con una mezcla de emociones, inquietud y prisa porque llegase el nuevo día.
Recuerdo como me despertaba durante la noche y descalzo corría a mirar por la ventana buscando alguna estrella que brillase más que las otras, entonces me quedaba mirándola fijamente y pensaba: saben que estoy aquí, saben lo que estoy pensando y mañana habrá algo bueno para mi también.
Creía firmemente en la magia de esos personajes, creía firmemente en que, pidiese lo que pidiese, me lo concederían, creía firmemente y sentía su afecto en mi corazón de niño.
Cuando amanecía yo llevaba un buen rato despierto. En mi casa no había árbol, ni belén, pero yo había creado mi rincón bajo una caja de cartón y ese era mi mágico mundo perfecto.
Allí siempre estaba lo que yo pedía y siempre pedía lo mismo, dentro de aquella caja de cartón, sólo y sin nada material, estaba el regalo más hermoso: sabía que no estaba sólo, sabía que algo cuidaba de mí, sabía que tenía y podía sentir el calor del amor más puro; el amor que emanaba de algo más grande y que siempre cuida de los que, aunque están solos, nunca dejan de ser niños.

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