Hace años, cuando yo era un adolescente, los jóvenes nos juntábamos en grupos más o menos numerosos y solíamos ir a las fiestas de los pueblos en verano.
Recuerdo una de esas fiestas en un pueblo cercano al mío. Como no teníamos coche, ese día nos llevó el hermano mayor de uno de mis amigos.
En el transcurso de la noche el hermano de mi amigo bebió más de la cuenta y la tomó conmigo.
Físicamente no me toco, pero soltó mucha basura que tenía guardada en su interior y lo hizo sobre alguien como yo que no tenía culpa de nada.
Sus palabras me hirieron y lo pasé bastante mal.
Abandoné el grupo con el que iba y ninguno de mis supuestos amigos me siguió.
Me fui a mi bola intentando gestionar el dolor que sentía con mi inexperiencia de adolescente dominado por las hormonas.
Estuve caminando sin rumbo en una noche de verano y al cruzar un puente sobre un río me detuve, me asomé y la corriente que se intuía allá abajo se filtró por mis pensamientos que comenzaron a fluir con ella.
No se cómo o de dónde salió una chica que sólo conocía de vista, no teníamos ningún tipo de relación y menos de amistad, pero apareció en ese preciso momento. Recuerdo que me puso la mano en el hombro y cuando me giré sus ojos me miraron, se metieron en los míos y allí en la oscuridad mi luz fue esa mirada. Me derrumbé en sus brazos cual náufrago y allí nos quedamos los dos desconocidos en silencio, abrazados en plena noche sobre un río.
Nunca antes me había sentido tan comprendido como en ese momento y, aunque no volvimos a tener contacto, no he podido olvidarla.
Hay personas que pasan por tu vida y sin quedarse te cambian para siempre.
Desde entonces siempre he pensado que no es quien está en tu vida, es quien te toca el alma, quien se mete dentro de ti y se queda ahí para siempre aunque se valla.

No hay comentarios:
Publicar un comentario