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miércoles, 25 de noviembre de 2015

PEQUEÑOS GRANDES MOMENTOS






Son las 7.30 de la mañana y como cada día salgo de casa camino de la oficina, pero antes me entretengo durante un ratito en mi cafetería favorita con mis conocidos.
Nos saludamos efusívamente cada día, con esos manotazos que nos arreamos los tíos en la espalda. Yo que soy un poco canijo, he pensado más de una vez que un día de estos me van a mandar volando de una punta a otra de la sala.
Así somos los hombres, no andamos con medianías cuando nos entendemos bien.
Algunos días el diálogo al calor de un café se prolonga más de lo habitual, pero es que ninguno tiene ganas de irse. Hablamos y hablamos, arreglamos el país y el mundo, cosemos trajes a medida para aquellos que nos joden a impuestos y nos dan media hostia en la cartera cada vez que pensamos haber ganado algo más que de costumbre. Compartimos cuitas sobre nuestras respectivas ejecutivas, esas que dirigen la casa con tanto fundamento que mejor estamos fuera todo el día.
Los que tienen hijos ensanchan el corazón y muestran sin complejos su orgullo de padres, por muy capullo que sea el chico o la nena pre-adolescentes dando por saco todo el santo día.
Nosotros los currantes de a pié, de sol a sol y lo que haga falta por el bien de nuestras familias, nos consolamos y divertimos en la misma proporción cuando nos juntamos en esos ratos en el transcurso del día, con eso ya somos felices. 
De vez en cuando nos gusta perdernos y, si podemos, recordamos aquellos tiempos en los que la juventud nos permitía una cantidad ingente de alcohol sin consecuencias. Algunos ya no estamos para esas machadas y con dos copas nos vamos poco menos que a la UCI, pero de ilusión también se vive.
Que poco cuesta ser feliz, entenderse y disfrutar la vida en su simplicidad.
El calor humano, el diálogo, la confianza, la comprensión, el respeto, la sinceridad, el sentido común, el buen humor, la compañía, la solidaridad y el entendimiento; ¿qué más hace falta en esta vida para sentirse bien, para ser feliz?


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