La pasión de mi gata es cazar.
Desde bien chiquita apuntaba maneras, así que lo primero que aprendió fue a cazar mi mano cuando intentaba acariciarla.
A pesar de su instinto, es consciente de la intensidad que emplea al morder o sacar las uñas: sabe muy bien que mi mano se muerde con cariño y cuidado, aunque a veces la locura se adueñe del juego.
Para todos los demás objetos no hay límite y por tanto me puedo encontrar con una pelotita, hecha de papel de plata, acechada como si fuese un ratón, la escoba asaltada y mordida con ímpetu o con el reparto de mis papeles por el suelo del salón.
Ahora que andará por los seis meses, su grado de perfección consigue mantenerme ensimismado ante el repertorio de movimientos, estrategias, agilidad y concentración que emplea para sus juegos de caza o para cazar alguna pobre mosca que se cuela por casa.
Su paciencia con las moscas no tiene límite y es capaz de mantenerse el tiempo que sea necesario observando sus movimientos, sus recorridos, hasta que encuentra el momento y el sitio adecuado, entonces, con un preciso movimiento de pata, deja a la mosca lista para el sepelio.
Ha crecido muy rápido, demasiado, que diría un padre al contemplar a su hijo.
Parece que fue ayer cuando entró en mi vida y ya es toda una adolescente.
Como recuerdo aquella bolita de pelo que cabía en la palma de mi mano... Apenas un mes plagado de miedo y ahora que todos los fantasmas han desaparecido, me tiene fascinado su mirada curiosa, fijamente centrada en mis ojos y que, cada día más, parece mirar desde una perspectiva completamente desconocida para mí: pura magia.
A veces, entre mirada y mirada, salta hacia mi cara como si pretendiese cazarme. Me quedo quieto sin apartarme y justo se detiene ante mi nariz con un tierno maullido para, seguidamente,olerme la boca y rozar sus bigotes contra mi barba como quien da un beso; un beso de cazadora.

No hay comentarios:
Publicar un comentario