-¡Puedo volar!. Veo el suelo bajo mi cuerpo que se desplaza ligero a mi antojo. Ante mí una gran llanura que recorro a gran velocidad sintiendo la suavidad del aire en mi cuerpo.
Al fondo diviso las cumbres de una gran cordillera. Aceleró y ganó altura, contempló extasiado el hermoso panorama que se dibuja ante mis ojos.
Mi vehículo es mi cuerpo y lo pongo a la máxima potencia: subo colinas, bajo precipicios, planeo sobre el mar sintiendo el frescor del agua, percibiendo su aroma repleto de vida. Como si me hubiese transformado en experto piloto de mi propio planeador, la velocidad hace vibrar cada poro de mi piel y la plenitud se despierta en el ser profundo que habito.
Me siento completo, el cielo no tiene límites y me muevo con total libertad.
Desde aquí todo se ve diferente, limpio, grandioso, perfecto, sereno. Y entonces me doy cuenta, lo siento: soy parte de esto, una rama más de este hermoso árbol, de esta bella pradera, de este cielo infinito, de este aire invisible aliento de vida, del mar profundo, del lago sereno, de cada pico y de cada valle. No soy cuerpo, soy energía en movimiento dentro de un cuerpo.
Un cosquilleo en la mejilla y el ronroneo de la gata le devolvieron al despertar dormido del que salió tres horas antes. El agotamiento había desaparecido y cual medicamento milagroso, el sueño despierto, sentido y vivido, le otorgó una porción de energía renovada.

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