Los padres de María eran personas trabajadoras de clase media, bondadosos, con una gran capacidad de comprensión para los errores ajenos. Los dos habían sido educados en la fe cristiana y acudían a la iglesia cada domingo para escuchar la misa.
José tenía la virtud de perdonar incluso errores que le perjudicaban, pero como él decía: -todos somos humanos y tenemos derecho a equivocarnos.
De cristianos es el don de perdonar.
María y José tenían una hija; la pequeña María.
María tenía siete años cuando desapareció.
Durante tres meses su familia removió cielo y tierra para encontrarla: policía, vecinos, amigos, redes sociales, etc.
Un día, en temporada de caza, dos cazadores alertados por el comportamiento poco habitual de uno de sus perros, removieron los restos de un montón de ramas y se encontraron con la terrible visión de unos restos humanos.
Cuando se procedió a desenterrar los restos, muchos de los presentes, dado el tamaño, comenzaron a pensar que aquel cuerpo podía ser el de María.
Tristemente se confirmó que aquel cuerpo encontrado semi-enterrado, y con signos de violencia, era el de la pequeña María desaparecida tres meses atrás.
Tras un par de meses de frenética investigación, la policía tuvo localizado al ejecutor de semejante barbaridad y una noche, cuando el sueño envolvió la conciencia de Santiago Martinez, la policía entró sin contemplaciones y le detuvo.
Fue condenado a veinte años de cárcel y todo el mundo sabía que no cumpliría la condena. Así de blanda era la ley para los asesinos y violadores.
Los padres de María arrasados por el dolor no fueron capaces de reponerse.
José murió un año después y la madre, María, estuvo sumida en una profunda depresión que la incapacitó tres largos años.
María intentó sobreponerse y poco a poco continuó con una vida que ya no era la suya; todo, incluída ella misma, se había transformado.
Diez años después de los hechos, se aprobó una ley que otorgaba a las victimas de asesinatos con ensañamiento y víctimas inocentes e indefensas, la posibilidad de imponer al culpable un castigo acorde al daño sufrido, algo así como una Ley del Talión.
Pocas personas fueron capaces de aplicar esa ley, pero entre las que sí lo hicieron estuvo María.
Ella que siempre había creído en el perdón para poder vivir en paz, descubrió que la paz llegó el día que pudo aplicar al asesino el sufrimiento que ella, y sobre todo su hija María, habían experimentado.
María solicitó, y le fue concedido, encerrarse a solas en una habitación reducida con el asesino y violador de su hija. Se le concedió elegir las armas de castigo que quería emplear, se le concedió mantener al culpable en inferioridad de condiciones, esto es: atado y amordazado como su hija, y se le otorgó la capacidad de elegir entre dejarle seguir viviendo o matarlo.
Tres días más tarde María abandonó la habitación completamente ensangrentada y con una expresión de paz en su rostro. Una semana después, cuando fue requerida su presencia ante el juez y preguntada por éste: -Señora Arias: ¿Considera usted que la justicia ha sido aplicada en su medida correspondiente?
María con gesto sereno y con una sensación de paz permanente después de aquel infierno en vida, respondió: -Sin duda Señor Juez, sin duda.